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Buenos Aires, 30 de mayo de 2006 |
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Comenzó la primera escuela de lo infinitamente pequeño
Un innovador proyecto
argentino-brasileño en nanopartículas
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Ayer a la mañana, muy temprano, el presidente de la Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica, doctor Lino Barañao, y los doctores Ernesto Calvo, investigador principal del Conicet en el Instituto de Química Física de los Materiales, Medio Ambiente y Energía, David J. Schiffrin, Mathias Brust, de la Universidad de Liverpool, y Daniela Zanchet, del Laboratorio Nacional Sincrotron de Luz en Campinas, de Brasil, entre otros, dieron comienzo a un emprendimiento pionero: la Escuela de Nanopartículas, primera actividad del Centro Binacional de Nanociencia y Nanotecnología, creado a fines del año último por científicos argentinos y brasileños para impulsar la |
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colaboración científica en la región.
"El objetivo es establecer una comunidad de ideas en un área de muy rápido desarrollo y crear relaciones lo más profundas posibles entre grupos de investigación de Brasil y la Argentina", explicó Schiffrin, profesor invitado en la Universidad de Helsinki, Finlandia, y vicepresidente de la comisión de química de la Unión Europea.
El científico -que nació y se graduó en el país, pero más tarde se vio obligado a emigrar a Gran Bretaña- fue invitado gracias al Programa Milstein, que intenta mantener el contacto con científicos argentinos destacados que residen en el exterior. Es uno de los encargados de guiar a 30 becarios (13 argentinos, 13 brasileños, dos chilenos y un uruguayo) y a otros 30 jóvenes científicos de la ciudad y la provincia de Buenos Aires, seleccionados entre cientos de aspirantes.
Todos ellos recibirán clases teóricas y prácticas sobre uno de los temas de investigación que actualmente inspira más expectativas por su potencial para alimentar futuros desarrollos económicos en el área de la salud e industriales.
"Uno de los aspectos quizá más importantes [de las nanopartículas] es su uso en sensores de muy pequeño tamaño para la detección de enfermedades y para estudiar problemas de genética a través del reconocimiento de componentes de los genes", explica Schiffrin.
Según el investigador, las nanopartículas, pequeñísimos cristales que tienen propiedades muy diferentes de las de material común, y tamaños de entre 10 y 20 nanómetros [millonésimos de metro], ya se están utilizando -en ciudades como Vancouver o Chicago- en pilas de combustible que se emplean en motores de autos y ómnibus que funcionan con hidrógeno y oxígeno.
"La idea de estas escuelas es lograr que los jóvenes que constituyen la futura generación científica en el espacio del Mercosur se conozcan, comiencen a hablar un lenguaje común y a interactuar. Esto es lo que hacen, entre otros, el Programa Erasmus y otras redes en Europa y, a mi juicio, es tanto o más importante que el financiamiento mismo", afirma Calvo.
Y coincide Schiffrin: "Es lo que debemos hacer para crear una comunidad científica latinoamericana mucho más integrada que hasta el momento".
Fuente: LA NACION |
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